jueves, 27 de septiembre de 2012

Sacrificio

               

           Kitra observó entre horrorizada y preocupada el agua que le comenzaba a cubrir el pecho. Intentó, por enésima vez, soltarse de las amarras, que la mantenían atada al poste de hierro que habían construido las gentes de su pueblo en aquella cueva, pero fue en vano. Una ola entró, furiosa, y cubrió hasta un palmo por encima de su cabeza. Luego se retiró lentamente, dejándola sin aliento. Cuando su cabeza dejó de estar cubierta de agua, Kitra tomó una larga y profundo bocanada de aire. Esto se repitió hasta que ella quedó completamente hundida. Volvió a forzar las sogas. Nada. Las lágrimas salieron de sus ojos, aunque el agua del mar se las tragó de inmediato.
     La desesperación la invadió al sentir como se quedaba sin aire. ¡Tengo que salir de aquí! se urgió, tirando más y más para soltarse. Cuando lo logró ya comenzaba a ver solo luz y sombra y el pecho le ardía. Movió los brazos y se impulsó hacia arriba. Salir, salir, salir ¡Salir! se gritaba con angustia, pero sus manos chocaron contra la pared rocosa de la cueva. Estaba inundada, y su pueblo había cerrado la único entrada a ella.
     Burbujas de aire salieron de su boca mientras intentaba salir por la conexión con el mar. Movió las piernas por instinto y se deslizó por la abertura. Los oídos le pitaban y ya empezaba a intentar tomar oxígeno bajo el agua.
     ¡Vamos, vamos, ¡vamos!! Salió a mar abierto y miró hacia arriba. La luz de la luna era tenue, pero la veía, y eso logró que diera un último esfuerzo. Solo un poquito más. Pero, como si el destino estuviese en su contra, la corriente la empujó hacia atrás, haciéndola chocar contra las rocas. Agotada, sin aire y con la esperanza perdida se dejó hundir.

     Al contrario de lo que ella esperaba, a su alrededor aparecieron burbujas de colorines, que flotaban de forma suave. Ella sonrió, eran bastante lindas, la verdad. Una de color azul oscuro se acercó a ella y la tranpasó, haciendole cosquillas. Pero las cosquillas desaparecieron para dejar paso a una fuerte presión en el pecho, por donde había pasado la esfera brillante. Cerró los ojos y abrió la boca. Segundos después se dio cuenta que estaba vomitando agua, en una orilla de arena color crema y... ¡viva! ¡Vivita y coleando! Sonrió.
Se tocó el cuenpo, comprovandolo

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